Diversos estudios realizados por la psicología han demostrado que la toma de decisiones continua resulta agotadora y que el cansancio producido por el trabajo de tu día a día influye negativamente en tu capacidad y tu disposición a tomar nuevas decisiones. El psicólogo social Roy F. Baumeister acuñó el término "Fatiga de Decisión".
Cuando vivías en pareja, las micro-decisiones diarias (qué cenábais, quién recogía al niño, cuándo se pagaba el seguro…) se compartían, igual que las tareas. Al quedarte solo/a, tu volumen de decisiones se duplica, pero tu capacidad cognitiva sigue siendo la misma o menor, ya que se ve mermada por tu proceso de Duelo y por tu agotamiento.
La viudez no solo te condena a tomar todas las pequeñas decisiones de tu familia, sino que te hace el único/a responsable de ellas.
Ya no tienes a la persona que compartía contigo la responsabilidad de cada decisión y que te ayudaba a resolver cualquier problema que surgiera. Ahora te ves solo/a, no únicamente ante cada decisión, sino ante las consecuencias que puedan sobrevenir de tus decisiones.
Es por ello que si gastas tu energía mental en decisiones triviales, llegarás al final del día sin "combustible" para cosas importantes como conservar la paciencia cuando tu hijo no quiera cenar o gestionar su rabieta a la hora de irse a la cama.
Cuantas menos decisiones tomes sobre temas domésticos, más energía conservarás, más paciencia tendrás para lidiar con tus hijos y mayor será tu sensación de control de la dinámica familiar. Identifica todas esas decisiones que tomas a lo largo del día y que podrías hacer de manera que representen menos gasto de energía mental. Una manera sencilla de conseguirlo consiste en que establezcas normas y rutinas, como las horas de las comidas, los días de baño, los menús diarios, la ropa para el colegio, etc.
Del mismo modo, si estableces rutinas de comportamiento para tus hijos, podrás simplificar muchas de las tareas que podrían hacer ellos de manera autónoma pero que se han acostumbrado a esperar a tu señal, una señal que implica muchas veces tu enfado; es decir; hasta que no te enfadas, no parece que sea el momento de hacer lo que sea que debieran hacer. Para ello, es muy útil usar momentos del día claramente identificables por los niños, aunque aún sean pequeños. Por ejemplo, puedes establecer la rutina de que se quiten la arena de los zapatos cada vez que terminan de jugar en el parque, o la de lavarse las manos cada vez que llegan a casa, o lavarse los dientes cuando terminen de cenar, etc.
Por otro lado, debes poner ciertas normas que te ayuden en la gestión del hogar. Las normas, a diferencia de las rutinas, no especifican una cadena de tareas concretas que se realizan cotidianamente en un momento determinado, sino que señalan aspectos fundamentales para tu bienestar y el de tus hijos. Puedes poner normas sobre la hora de irse a la cama, el uso de aparatos electrónicos, el orden en las habitaciones, etc.
Con el tiempo, podrás ir variando tus normas y rutinas, adaptándolas a la realidad cambiante de tu familia. Según tus hijos vayan creciendo, irán evolucionando sus gustos y necesidades. Si ya has creado un sistema de rutinas y normas, habrás simplificado mucho la toma de decisiones diarias, por lo que solo tendrás que hacer pequeños ajustes en los procesos para adaptarte a las nuevas situaciones y necesidades que vayan surgiendo, pero la dinámica familiar seguirá siendo fácil de manejar.
Me gustaría hablarte aquí de un concepto de la Disciplina Positiva que me parece muy útil: las reuniones familiares. Se trata de organizar pequeñas reuniones semanales (de unos 10 minutos de duración) en las que trates con tus hijos la situación de vuestras rutinas y normas. A lo largo de la semana, cada miembro de la familia puede anotar en el orden del día (que puedes pegar con un imán a la nevera) aquella norma o rutina que le gustaría instaurar, abolir o modificar. El día de la reunión, esa persona expondrá su petición (sin ser interrumpida durante su turno de palabra) y el resto podrá ir haciendo aportaciones hasta que lleguéis a un consenso; esto quiere decir que para que realicéis cualquier cambio, éste debe ser aprobado por todos los miembros de la familia.
Los beneficios de este tipo de reuniones son muchos. Por un lado, tus hijos aprenden a exponer sus ideas y opiniones, así como a respetar las del resto. Por otro, ellos se hacen partícipes de las normas y rutinas que funcionan en vuestra familia, con lo que será mucho más difícil que se olviden de cumplirlas o que te protesten cuando se las recuerdes.
Sobre este tema, quiero proponerte una tarea sencilla que te puede ayudar a conocerte un poco mejor y a empezar a cuidarte. La encontrarás en el siguiente enlace.