Ya hemos visto que tu energía es limitada y que tu principal objetivo ahora mismo es alcanzar un equilibrio en tus obligaciones que te permita mantener una vida sin sobresaltos y la mayor estabilidad emocional. También hemos hablado del terror que da pensar que, si le dices "no" a tu hijo, le podrías causar un dolor significativo y de la creencia errónea de que pudiera dejar de quererte.
Por norma general, los padres y madres tenemos dos tipos de respuestas ante las peticiones de nuestros hijos: o accedemos a ellas de manera pasiva, poniendo nuestros deseos y prioridades a un lado, o conseguimos que se haga lo que nosotros queremos pero a costa de discutir o de enfadarnos con ellos, lo que nos genera estrés y un sentimiento de culpabilidad.
Para salir de esta trampa y poder usar el "no" como una verdadera herramienta de gestión de prioridades en tu crianza, necesitas dominar la manera de conseguir tus objetivos sin generar discusiones, enfados y culpabilidad. Eso se llama Asertividad.
La Asertividad es tu capacidad de decirle a tus hijos lo que esperas de ellos y marcar un límite de forma clara, directa y respetuosa. Es defender las normas de tu casa y tu propia energía sin atacarles a ellos, pero sin doblegarte ante sus protestas.
Usando la asertividad, estás automáticamente dejando de lado los gritos, las amenazas, los chantajes y los sobornos. Todas estas técnicas, pueden ser de utilidad en el corto plazo, pero a la larga dañan la autoestima de tus hijos y la tuya, generan frustración, rencor… y crean una brecha emocional en la familia.
Uno de los errores que puedes cometer al decir “no” es tratar de imponer tu criterio sin ser racional. Esto suele ocurrir cuando estamos cansados o enfadados por algo. No nos apetece dar explicaciones a nuestro hijo y el orgullo nos dice que nosotros, como padres, tenemos el derecho de imponer nuestro criterio siempre que nos apetezca, igual que lo hacían nuestros padres. “No y punto”.
Seguro que si has respondido de esta manera alguna vez, no te has quedado satisfecho. Es posible que al principio hayas tratado de defender tu posición ante tu propia conciencia y te decías algo así como “esta vez no pienso sentirme culpable”, pero tarde o temprano (tras haber descansado un poco y haber recuperado algo de energía) has tratado de hablarlo con tu hijo o compensarle de alguna manera porque sabes en el fondo que esta forma de actuar crea una brecha (una distancia) entre vosotros dos. Tú hijo te va a seguir queriendo, pero al no comprender tus motivos y al verse sometido a tus órdenes, va a generar algo de desconfianza que a la larga se puede convertir en rechazo.
El error contrario (podríamos decir) sería el de sobrejustificarte. Curiosamente, este error también se produce cuando estamos cansados y no tenemos la fuerza suficiente para actuar con asertividad. Si te produce mucho malestar responder con un “no y punto” como en el caso anterior, pero estás demasiado cansado para encontrar una manera mejor de gestionar la situación, es muy probable que empieces a dar a tu hijo una interminable charla sobre todas las cosas que has hecho por él a lo largo del día, lo caro que está todo, lo que te cuesta ganar el dinero o los peligros de lo que sea que te esté planteando. Tal vez te sientas satisfecho porque al menos así estás argumentando tu postura y crees (erróneamente) que tu hijo está aprendiendo, de manera que no te volverá a plantear la misma cuestión. El problema es que tus hijos atienden más a tu lenguaje no verbal que a tu lenguaje verbal. Es pura supervivencia, ya que el cerebro de los niños está preparado para reaccionar instantáneamente ante las señales de peligro que emitan los adultos, como ante el fuego, un animal peligroso o una comida en mal estado.
Por el mismo motivo evolutivo, porque aún no le resulta necesario para la supervivencia, el cerebro del niño aún no está preparado para asimilar gran cantidad de información a la vez.
Si a la arquitectura cerebral de tu hijo añadimos que no está de acuerdo contigo y que por tanto, no está abierto a escuchar tus razones, lo que obtenemos es una gran pérdida de tiempo y energía por tu parte.
Has caído en la sobreexplicación fruto del cansancio acumulado y eso te ha llevado a dar media hora de charla inútil que te deja aún más cansado y te roba parte del poco tiempo que tenías para descansar o realizar cualquier otra tarea.
Para tu hijo, es cierto que no le generas el rechazo por sentirse abusado, pero le generas una sensación de hastío que tampoco es la que buscas. No quieres convertirte en la persona que aburre a tu hijo y con la que no quiere hablar por miedo a tener que soportar otra charla. Tienes mucha sabiduría que ofrecerle y quitándole las ganas de charlar contigo sobre cualquier tema en el que te pueda necesitar, le estás despojando de una de sus mejores herramientas para el aprendizaje.
Por último, un tercer error que debemos evitar al decir “No” a nuestros hijos es acostumbrarles al chantaje o al soborno. Frases del tipo “Si no apagas la televisión te voy a castigar sin ir mañana al parque” o “Si apagas la televisión mañana te compro una chuche”, mercantilizan la relación entre padres e hijos. Si la negativa de tu hijo tiene alguna consecuencia natural o lógica, está bien que se lo recuerdes. Por ejemplo “Si no apagas la televisión, no te va a dar tiempo a leer un cuento antes de dormir” pero hay que tener cuidado de no crear consecuencias ilógicas como la de no poder ir al parque al día siguiente por no querer apagar la televisión ahora.
Por otro lado, cuando sobreprotegemos a los hijos y, por no querer aplicarles las consecuencias lógicas o naturales de sus propias conductas, decidimos pagar nosotros el “peaje” para que hagan lo que deben, estamos arrebatándoles la posibilidad de aprender a tomar decisiones. Si, en el caso anterior, tu hijo no quiere apagar la televisión y la única manera que encuentras de conseguirlo en prometiéndole asumir tú un precio en forma de regalo, tarea extra o beneficio futuro para él, estás creando una dinámica en la que no sólo pierdes tú sino que también pierde tu hijo. Frases como “Si apagas la televisión mañana te compro un paquete de cromos, o luego te leo dos cuentos en vez de uno, o mañana no tendrás que hacer tu cama” te sobrecargan de responsabilidades y acostumbran a tu hijo a conseguir siempre algo a cambio de respetar las normas, cuando el mundo funciona completamente al revés: no se consiguen cosas por respetar las normas, sino que se deben asumir consecuencias por no respetarlas.
Recuerda que "NO" es ya una frase completa, que no necesita de complementos para adquirir significado.
Para que un límite sea firme y proteja tu energía, debe ser claro, amable, directo y breve.
A continuación te presento tres técnicas para aplicar la asertividad en tu día a día con tus hijos:
1. El "NO" Empático (Validar la emoción manteniendo las normas)
La clave de la crianza asertiva es separar lo que el niño siente (que siempre es válido) de lo que el niño hace (que es lo que tú limitas).
- Tu hijo: "¡No quiero apagar la tele, eres el peor, te odio!"
- Tu respuesta asertiva: "Entiendo perfectamente que estés enfadado y que te dé rabia apagar la tele. Es normal. Pero el tiempo de pantalla se ha acabado por hoy y es hora de cenar."
Estás validando, comprendiendo, aceptando sus emociones sin ofenderte por sus palabras porque sabes que son fruto de la frustración, pero el botón de la tele se apaga.
Eso sí, no cometas el error de apagar la televisión y salir del salón dejando a tu hijo solo y enfadado porque eso va a generarle una frustración con la que no va a saber lidiar (estarías cometiendo el error número 1). Es mejor dedicar cinco minutos a acompañarle antes de abordar la siguiente tarea. En ese tiempo puedes acariciarle, besarle, abrazarle, decirle algo gracioso, hacerle cosquillas, recordarle algo bueno que ha pasado en el día o que sucederá al día siguiente, etc.
Tú tienes el poder de transformar un momento traumático en el mejor momento del día.
2. La Técnica del Disco Rayado (Para los negociadores incansables)
Tus hijos van a intentar buscar fisuras en tu "no". Te prometerán cosas, llorarán o te pedirán "solo cinco minutos más". Si entras al trapo, estás perdido/a. Debes mantener tu argumento principal para evitar que entréis en un diálogo infinito del que ninguno saldrá favorecido y que minará vuestro vínculo. Elige una frase corta y repítela con el mismo tono de voz monótono, pase lo que pase:
- Hijo: "¡Pero un ratito más, te prometo que luego me baño rápido!"
- Tú: "El tiempo de juego ha terminado."
- Hijo: "¡Nunca me dejas hacer nada, a mis amigos sí les dejan!"
- Tú: "Sé que te da rabia, pero el tiempo de juego ha terminado." Al no darles nuevos argumentos, se quedan sin material para discutir y la rabieta se desinfla mucho antes.
Dirigirle con amor hacia la siguiente tarea y acompañarle mientras sea preciso va a ayudar a disipar toda la energía que ha generado por ese momento de frustración. Esto puede resultarte muy útil porque los niños muchas veces se centran en la frustración de tener que dejar de hacer lo que están haciendo (ver la televisión, jugar en el parque, etc.) y no son capaces de ver lo que pueden hacer después.
Si consigues que lo que viene después de lo que les has quitado sea mejor que lo anterior, estará mucho más dispuesto a cumplir las normas.
Por ejemplo, si es hora de salir del parque y centras su atención en que va a poder bañarse con sus juguetes favoritos o en que va a poder cenar algo que le gusta o en el cuento que le vas a leer por la noche, le resultará mucho más sencillo renunciar a lo que estaba haciendo.
Un secreto: cuéntaselo con ilusión. Como ya hemos dicho, los niños son especialistas en copiar nuestra emoción. Por lo tanto, si tú te enfadas en el momento de apagar la televisión, tu hijo se enfadará. Pero si tú consigues enfocarle con ilusión hacia lo siguiente y si además te involucras y formas parte de lo que viene después, le resultará mucho más sencillo. Sería algo así como decirle: “Hay que apagar la tele ahora. ¿Quieres echar una carrera a ver quién se lava los dientes más rápido?”
3. Cambiar los mensajes "TÚ" por mensajes "YO"
Cuando estés al límite de tu paciencia, evita atacarles. Si les atacas, terminarás sintiéndote culpable y ellos se pondrán a la defensiva, con lo que el conflicto escalará.
- Mensaje tipo TÚ (Agresivo): "¡Eres un desordenado, me tienes harto, siempre dejas todo tirado!"
- Mensaje tipo YO (Asertivo): "Yo estoy muy cansada hoy y necesito ver el salón recogido para poder descansar. Por favor, guarda tus juguetes ahora."
Recuerda que es injusto etiquetar a tu hijo por algo que ha hecho en ese momento o incluso algo que hace habitualmente. El tipo de mensajes "Tú eres..." o "Tú siempre..." no tiene en cuenta las circunstancias en las que ha sucedido, anula todas las ocasiones en que tu hijo ha actuado de otra manera y demuestra que no tienes confianza alguna en que pueda mejorar.
Al calificarle de esa manera tal vez pienses que estás ayudándole a corregir sus defectos pero lo que estás haciendo realmente es reforzar ese comportamiento, ya que asume por tus palabras que él es así y no puede cambiar. Lo único que le generas es culpa y resentimiento.
Esta técnica puede parecer complicada pero realmente se basa en algo muy simple: ser sinceros. Es posible que no quieras que tu hijo te vea como una persona débil y que te de miedo que deje de creer en tu supuesta omnipotencia. La sensación que nos produce la admiración de nuestros hijos es altamente adictiva pero, como toda droga, su consumo termina siendo perjudicial.
Debes quitarte la coraza y mostrar tus necesidades. Con ello, tu hijo aprenderá a respetar tu espacio y a tenerte en cuenta pero manteniendo el valor de sus propias acciones.
Por último, decirte que todas las técnicas que has visto en este capítulo, también se pueden aplicar cuando la situación es totalmente la contraria: tú dices “Si” y tu hijo se empeña en decir “No”, como cuando consigues que apague la televisión pero ahora pretende recuperar su poder negándose a lavarse los dientes:
- Primero, asegúrate de no cometer los errores fundamentales (imponer mi decisión y sobrejustificarla, chantajear/sobornar)
- Segundo, utiliza la asertividad. Escuchándola, comprendiendo y atendiendo a sus emociones, mantente firme en tus argumentos para que la discusión no se eternice y mantén el foco en ti (quiero que te laves los dientes) en vez de en él o ella (tienes que lavarte los dientes).
- Por último, trata de mostrarle los aspectos más positivos para generar una nueva ilusión. Proponle una carrera a ver quien llega antes al cuarto de baño, pon su canción favorita mientras se lava los dientes o recuérdale que en cuanto se meta en la cama podréis leer el cuento que tanto le gusta.
Recuerda siempre actuar con firmeza pero con amabilidad al mismo tiempo. En todas las situaciones que hemos visto es muy importante que acompañes a tu hijo. Validar su emoción no es únicamente evitar el enfado sino que requiere una labor de reparación para ayudarle a recuperar la calma (recuerda que eres su contenedor o guía emocional). Para ello es muy importante estar presente. De nada sirve que intentes aplicar todas las herramientas mientras vas de un lado a otro de la casa haciendo mil tareas sin establecer ni siquiera contacto visual con tu hijo o hija. Si quieres realmente conectar con tu hijo o hija, que te comprenda y que te ayude, siéntate a su lado, mírale a los ojos, cógele la mano y háblale con dulzura. Sin eso, nada de lo que hemos visto hoy te va a funcionar.