Cuidar de tus hijos cuando están en duelo aunque tú también estés roto o rota por dentro es una de las tareas más delicadas y valientes que puedes afrontar.
Cuando un niño pierde a su madre, a su padre o a alguien esencial en su vida, el mundo se le desordena de golpe. No tienen palabras para nombrar lo que sienten, no saben gestionar sus emociones, no tienen ni idea de que va a pasar al día siguiente ni hacia dónde va su camino.
En esta situación, nuestros hijos necesitan algunas cosas básicas de nosotros:
- Necesitan verdad, dicha con suavidad.
- Necesitan rutina, porque la estructura les da una sensación de seguridad.
- Necesitan presencia, incluso cuando no sabes exactamente qué hacer.
- Necesitan espacios para llorar y espacios para jugar, porque para ellos el duelo no es lineal: pueden estar tristes por la mañana y riendo a carcajadas por la tarde, sin que eso signifique que han olvidado la pérdida.
A veces te preguntarán por qué, otras veces harán silencio. A veces tendrán rabia, necesitarán llorar o gritar. Otras se aferrarán a ti buscando el abrazo y el silencio. Todo eso es duelo. Todo eso es parte del proceso.
Lo más importante es que sepan que no están solos en lo que sienten, que está bien llorar, está bien extrañar, está bien seguir viviendo. Para cualquier hijo o hija, lo más importante es sentir que les tenemos en cuenta. A veces mostrarán esa necesidad llamando la atención (como cuando te piden algo justo cuando estás más ocupado), o enfrentándose a ti (como cuando se niegan a comer o continúan añadiendo alimentos a la lista de lo que no les gusta).
Todos los seres humanos compartimos una necesidad biológica y emocional profunda, pero en el caso de los niños, esta necesidad es el motor absoluto de su desarrollo: necesitan sentirse tenidos en cuenta, capaces, aceptados e importantes. En psicología, a esto lo llamamos "sentido de pertenencia e importancia".
A menudo, nos desesperamos porque se portan mal, nos desafían o hacen las cosas del revés. Sin embargo, casi todo ese "mal comportamiento" nace de un error de cálculo por su parte. En su intento desesperado por lograr esos objetivos (sentirse útiles o captar nuestra atención para confirmar que son importantes), utilizan estrategias equivocadas.
Ten en cuenta que las fuentes de referencia para aprender a vivir y para lidiar con las dificultades son cada vez más escasas porque ya apenas cuentan con el contacto con la familia extensa o los vecinos. Vivimos cada vez más aislados y por lo tanto, nuestros hijos han perdido el apoyo con el que normalmente han contado los niños y niñas de generaciones anteriores: la comunidad. Una comunidad real, que ama, cuida y ayuda a los niños a crecer y a superar las dificultades.
Además, tus hijos no están viviendo en la misma época en la que creciste tú. Ahora se da una doble circunstancia que hace que los niños y niñas de hoy en día reaccionen peor a la disciplina de lo que lo han hecho todas las generaciones anteriores:
- Por un lado, la hiperestimulación y la sobre-adquisición de habilidades: Hoy en día, nuestros hijos adquieren muchísimas más habilidades intelectuales, tecnológicas y académicas que las generaciones pasadas. Tienen un enorme potencial acumulado.
- Por otro lado, carecen de oportunidades prácticas: El gran conflicto estalla porque, a pesar de tener todas esas capacidades, tienen muchísimas menos oportunidades de ponerlas en práctica en el día a día. En nuestro afán de protegerles del dolor, o simplemente porque nosotros mismos "vamos más rápido", acabamos haciéndoselo todo. De esta manera, sin saberlo, les privamos de la experiencia de sentirse útiles y capaces, lo que les genera frustración y les lleva a explorar los límites.
Por si esto fuera poco, las Redes Sociales ofrecen unos modelos completamente distorsionados que calan profundo en las mentes de los más jóvenes. Cada vez son más comunes los casos de niños y niñas que se sienten abrumados por el tremendo peso que supone la búsqueda de la aprobación de los demás; no sólo de su entorno cercano, sino de cualquiera que se esconda detrás de un avatar.
Ésa es tu difícil labor. Tal vez ahora no te des cuenta, pero cada gesto tuyo, cada palabra, cada momento, es muy importante. Con ellos, no sólo estás acompañándo, sino que estás construyendo un puente hacia su futuro.
Y tú lo estás haciendo con un valor que quizá nadie vea, pero del que debes sentirte orgulloso y orgullosa.