En el proceso de la crianza, que vas a cometer errores es una de las pocas cosas de las puedes estar completamente seguro o segura. Vas a gritar cuando prometiste no hacerlo, vas a olvidar una fecha importante del colegio, vas a perder la paciencia por una tontería y vas a ser injusto o injusta en más ocasiones de las que te gustaría. Especialmente cuando crías en solitario, el agotamiento físico y emocional hace que los errores sean más frecuentes.
Pero el verdadero problema no es el error en sí. Los errores son fantásticas oportunidades para aprender. El verdadero enemigo al que debes vencer es lo que ocurre justo después: La Culpa y la Rumiación.
Lejos de convertirnos en mejores padres o madres, la culpa nos paraliza, erosiona nuestro estado de ánimo y, paradójicamente, nos empuja a cometer exactamente el mismo error una y otra vez. Vamos a ver por qué ocurre esto y cómo salir de este bucle tan destructivo.
Cuando cometes un error (por ejemplo, le gritas a tu hijo porque ha derramado el agua), la culpa aparecerá tarde o temprano. Tu diálogo interno se vuelve implacable: "No debí enfadarme", "Le estoy traumatizando", "No sirvo para esto", etc.
Este ataque constante hacia ti mismo tiene un efecto devastador en tu estado de ánimo. La culpa te roba la energía y la confianza en ti mismo. Te hace sentir pequeñito/a, incompetente y triste. En lugar de estar presente en el aquí y el ahora para disfrutar de tu familia, tu mente se queda anclada en el pasado, castigándote por lo que hiciste hace tres horas o el día anterior.
Quizá pienses que castigarte a ti mismo es un proceso interno que no afecta a tus hijos, pero la culpa se filtra en la relación de dos maneras muy peligrosas:
- La desconexión por vergüenza: Cuando te sientes muy culpable, a menudo te distancias emocionalmente de tu hijo porque dejas de creerte digno o digna de disfrutar de su amor y empiezas a arrastrar un estado de humor taciturno hasta que esa culpa se desvanece. Esa frialdad confunde al niño. ya que ellos no racionalizan tanto las emociones y, por así decirlo, se basan más en el aquí y ahora. Por lo tanto, si después de haber cometido un error con tu hijo caes en este estado de desconexión, estarás cometiendo dos errores seguidos y estarás dañando a tu hijo dos veces.
- El otro error que puedes cometer cuando te sientes culpable es caer en lo que se llama "Amor Compensatorio": Esta es la consecuencia más común. Para aliviar tu propia culpa por haberle gritado o por no haber pasado tiempo con él, intentas "comprarle" o compensarle. Rompes los límites, le dejas comer alguna chuchería de más o pasar algo más de tiempo jugando a la consola o le compras un capricho que en otro momento no te habrías planteado. Tu hijo percibe esta inconsistencia: por un lado, puede aprender que sus errores pueden llevar a tu culpa y por consiguiente, a la obtención de privilegios. Por otro lado, aprende que después de cometer un error, hay que cometer otro en el sentido opuesto para compensarlo y empieza a desarrollar esa tendencia en sus relaciones personales. Estoy seguro de que ésa no es la enseñanza que le quieres transmitir.
- Por último, tenemos los efectos secundarios de la rumiación. Ésta es la pieza más fascinante y dolorosa del rompecabezas. Solemos creer que sentirnos muy culpables evitará que volvamos a equivocarnos. La neurociencia nos demuestra exactamente lo contrario. La rumiación es ese pensamiento circular y obsesivo que aparece cuando la mente se siente en peligro y trata de buscar soluciones a una situación que nos afecta profundamente (merezca o no esa importancia). El funcionamiento de la rumiación es simple: darle vueltas y vueltas al error barajando distintos escenarios y posibles respuestas alternativas sin llegar a ninguna solución, ya que un evento pasado no se puede solucionar. ¿Qué le ocurre a tu cerebro cuando rumias?
Estrés crónico: Tu cerebro interpreta esa culpa constante como una amenaza. Tus niveles de cortisol (hormona del estrés) se disparan.
Apagón prefrontal: Al estar estresado y agotado por el castigo interno, tu corteza prefrontal (la parte del cerebro encargada de la paciencia, la empatía y el control de impulsos) se queda sin energía.
La recaída: Como estás agotado mentalmente y sin "frenos" en tu corteza prefrontal, a la siguiente pequeña frustración (tu hijo tarda en ponerse los zapatos), tu amígdala reacciona de forma desproporcionada y... ¡vuelves a gritar!
La culpa no evita el error; la culpa te agota tanto que garantiza que vuelvas a cometerlo. Sin embargo, el error por si mismo (sin culpa) si permite el aprendizaje. Piensa por ejemplo en una situación en la que hayas cometido un pequeño error y no hayas caído en la culpa. Por ejemplo, al cocinar. Piensa si has seguido cometiendo ese mismo error una y otra vez o aprendiste de él y ya lo tienes superado.
Te propongo un cambio de paradigma: pasar del bucle "Error-Culpa" al contexto "Error-Aprendizaje"
Para romper este ciclo, necesitas instaurar una nueva cultura en tu hogar. Los errores no son pecados que hay que purgar con sufrimiento; son datos. Son información valiosa sobre lo que no ha funcionado.
Aquí tienes las 4 claves para transitar de la culpa al aprendizaje:
Clave 1: Separa tu identidad de tu acciónUn error no define quién eres. No caigas en el "Soy un mal padre / una mala madre". Cambia el lenguaje: "Soy un buen padre que acaba de tener un mal momento".
Clave 2: Practica la AutocompasiónLa autocompasión es tratarte a ti mismo con la misma amabilidad con la que tratarías a tu mejor amigo si te contara que ha cometido ese mismo error. Si tu mejor amiga te dice "He gritado a mi hijo, soy lo peor", tú no le responderías "Sí, eres un monstruo, le vas a arruinar la vida, no quiero saber nada de ti". Le dirías: "Estás muy cansada, es normal que hayas estallado, mañana lo harás mejor". Sé ese amigo para ti mismo. Perdonarte rápido es el primer paso para recuperar tu paciencia.
Clave 3: Realiza un pequeño análisis de tus necesidadesEn lugar de preguntarte "¿Por qué soy tan inútil?", hazte preguntas de curiosidad sobre el error:
- ¿Qué me llevó a estallar hoy? (¿Dormí mal? ¿Llevo una semana sin tiempo para mí? ¿Se me juntó el duelo con el trabajo?).
- ¿Cuál fue el detonante exacto? Al analizar los hechos de forma objetiva, descubrirás las verdaderas causas (casi siempre son el cansancio físico o el exceso de responsabilidades, no la falta de capacidad para amar y cuidar de tu hijo).
Clave 4: Reparar y PlanificarEl antídoto definitivo contra la culpa es la acción.
- Repara el daño (Las 3 R): Acércate a tu hijo, Reconoce tu error ("Me equivoqué al gritarte"), Reconcíliate ("Te quiero, ¿me das un abrazo?") y Resuelve ("Vamos a limpiar esto juntos"). Al reparar, le enseñas a tu hijo que equivocarse es humano y que el amor sobrevive a los errores.
- Haz un plan: Piensa en una estrategia para la próxima vez. "La próxima vez que sienta que voy a gritar porque la casa está desordenada, me encerraré en el baño un minuto a respirar o diré mi muletilla graciosa".
A continuación te doy tres claves importantes para ayudarte a actuar como quieres en la próxima situación:
1. El Recordatorio Visual:Como vimos hace un rato, cuando nos enfadamos, la corteza prefrontal (nuestro cerebro racional) se apaga. En ese estado de "secuestro emocional", es imposible que recuerdes la promesa interna que te hiciste la noche anterior de "no volver a gritar". Tener un post-it en la nevera, un cartel en el espejo del baño o una nota en el fondo de pantalla del móvil que diga "Si me enfado, mi plan es ir a beber un vaso de agua" funciona como un ancla. Es tu cerebro racional puesto por escrito fuera de tu cabeza, listo para recordarte tu plan exactamente en el momento en que tu cerebro interno no funciona. Procura releer tus planes al menos una vez al día. Esto hará que te resulte más fácil conseguir tus objetivos y te liberará de la presión de tener que recordarlos continuamente.
2. La filosofía del "Solo por hoy"Uno de los mayores errores que cometemos los padres movidos por la culpa es hacer promesas inabarcables: "Te juro que no te voy a volver a gritar nunca más en la vida" o cosas por el estilo. Esa expectativa es tan alta que genera ansiedad, y esa misma ansiedad facilita que volvamos a fallar.
¿Qué te parece si en lugar de eso, te planteas lograr tu objetivo "Solo por hoy" (o "Un día a la vez"). Llevar esta filosofía a la crianza es tremendamente liberador. Como padre no tienes que prometer ser perfecto para siempre; solo tienes que concentrarte en gestionar el aquí y el ahora. Reducir el marco temporal reduce la ansiedad, disminuye el cortisol y hace que el objetivo sea manejable.
3. El Contador de Días:Estamos acostumbrados desde pequeños a llevar un registro exhaustivo de nuestros errores. Nos machacamos mentalmente por cosas que nos hubiera gustado hacer mejor y podríamos hacer ahora mismo un listado de errores que cometimos hace ya varios años. Sin embargo, esa forma de contar nuestra historia no nos ayuda a mejorar porque se centra en aquello que precisamente queremos evitar. Somos como el esquiador que baja a toda velocidad y sólo puede fijarse en el árbol que tiene delante de él. Todos sabemos cuál va a ser el resultado...
Por eso, te propongo una estrategia distinta: llevar la cuenta de los días en los que hayas conseguido el objetivo (ya sea en un calendario, en una libreta o pintando rayitas con un rotulador en un espejo, como hacía yo). Cada vez que logres frenarte, respirar y no gritar, será un triunfo. Márcalo en tu registro de éxitos. Ese pequeño premio reforzará la nueva ruta neuronal ante ese tipo de situaciones, haciendo que la conducta alternativa a gritar se vaya haciendo cada vez más probable y más fácil de realizar.
Cuando logras perdonarte a ti mismo y pones el foco en cómo hacerlo diferente la próxima vez, la culpa se disuelve. Y en ese preciso instante, te conviertes en el modelo de superación y humanidad que tus hijos necesitan para crecer sanos y seguros.