A mediados del siglo XX, el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott introdujo un concepto revolucionario: "La madre suficientemente buena". Winnicott sostenía que tus hijos no necesitan una madre perfecta. Más bien al contrario; permitiéndote ser imperfecta, enfadándote, reclamando tu propio espacio y oponiéndote a los caprichos de tus hijos, les ayudas a desarrollar una personalidad más independiente y una mayor seguridad en sí mismos. Hoy en día, esto se puede aplicar también a los padres, sobre todo, los que críamos en soledad.
Lo primero que debes hacer es aprender a diferenciar entre necesidades y caprichos. La diferencia principal radica en la esencialidad: una necesidad es indispensable para la vida, salud o funcionalidad (comida, vivienda, etc). Un capricho es un deseo voluntario y momentáneo, no esencial, que surge de la voluntad y suele satisfacerse por placer, no por supervivencia.
A partir de esa diferenciación, deberás aprender a responder de manera distinta ante las necesidades que ante los caprichos de tus hijos. Es un error muy común conceder caprichos a nuestros hijos sin darnos cuenta de que eso nos conlleva un gasto de energía o que desestabiliza la estructura de rutinas que nos ayudaba a manejar el día con calma.
Debes tener claro que la única persona responsable de eso eres tú. Por ejemplo, si decides dejar a tu hijo dormir cinco minutos más y luego os toca ir con prisas y de mal humor al colegio, es tú responsabilidad aunque fuera él quien te lo haya pedido.
Si accedes a los caprichos de tus hijos sin valorar adecuadamente su efecto en las necesidades reales de la familia, te encontrarás mental y emocionalmente agotado o agotada, con la continua sensación de no dar abasto y, lo que es peor, con un continuo sentimiento de culpabilidad por no alcanzar los estándares de perfección que te has marcado.
Recuerda que tu agotamiento reduce la flexibilidad mental necesaria para dar una respuesta calmada ante determinadas situaciones. Cuanto más agotado o agotada estés, más probable es que reacciones con un grito, un enfado o una decisión de la que más tarde te arrepientas.
En esas situaciones puedes entrar en una espiral de autoexigencia-agotamiento-frustración-culpa de la que tienes que salir lo antes posible si quieres llegar a ser un padre o madre suficientemente bueno para tus hijos.
Si lo miras desde el punto de vista de tus hijos, si te ven estresado o estresada por tener la casa perfecta, los hijos perfectos, etc., te percibirán como una figura amenazante y distante, ya que no podrás evitar que tu nivel de estrés se refleje en tus reacciones, en tu forma de hablarles o incluso en tus gestos. Sin embargo, si ignoras el desorden cuando no sea posible ordenarlo o si permites que tarden un poco más de la cuenta en cenar a cambio de charlar sobre cómo les ha ido el día, te percibirán como un refugio seguro.
Recuerda este fragmento de la Oración de la Serenidad: "Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia".
No caigas en el error de exigirte la perfección y de pensar que los padres y madres que ves a tu alrededor la alcanzan sin problema.
Recuerda que todos debemos renunciar a muchas cosas a lo largo del día. Renunciamos a hacer una cena elaborada para que puedan pasar un rato más en el parque o al contrario, renunciamos a que pasen un rato más en el parque para poder hacer una cena más elaborada.
Los padres y madres que parece que controlan la situación y que llegan a todo, también han tenido que renunciar a algo hoy. La diferencia entre ellos y tú, si estás estresado o estresada, o te sientes culpable o frustrado es que ellos han programado y aceptado su renuncia.
Hablaremos en el próximo tema de la diferencia entre los Importante y lo Urgente, un concepto muy utilizado en productividad personal y empresarial, y que te va a venir muy bien para dejar de intentar ser un padre o una madre perfectos.
Ahora te dejo con una actividad que puede resultarte muy útil para aprender a relativizar todos esos agobios innecesarios que te roban energía.